Desde que vivo en Viña, hace casi cuarenta años, el panorama de año nuevo son los fuegos artificiales. Antes en Valparaíso y ahora último en toda la costa hasta Concón.
El fin de año recién pasado varió mi rutina. Una de mis hijas que vive en Santiago (todos los jóvenes se van a trabajar a la capital), tenía delicada a una de sus guaguas y no podía venir. Decidimos entonces el resto de la familia, pasar el año nuevo en su casa.
Nosotros los viñamarinos, sólo nos damos cuenta de la maravilla que significa vivir aquí, cuando en una fecha como esta tenemos que abandonarla.
Era la tarde del 31 de diciembre y nosotros (casi los únicos), viajábamos en contra del sentido lógico de ese día. Las dos vías de Santiago a Viña venían copadas, ya entre Casablanca y Curacaví el taco no avanzaba a más de 5 km. por hora. En el peaje que está después del Túnel Lo Prado, el caos era total. Las colas de vehículos que pugnaban por ingresar, eran al menos el doble de las casetas disponibles.
“¡Va’i al revés viejo tonto!”, me gritaron bromeando, desde un auto con un grupo de lolos, que iban de carrete a Valparaíso y trataban de ingresar a las casetas. “¡No sabis na’ lo que te espera pa’lla cabrito!”, le contesté yo divertido.
Rara sensación, año nuevo sin mar ni fuegos artificiales, todo sea por la unidad familiar.
Después de la cena en familia nos correspondía quedarnos a cuidar los nietos. Mis hijas santiaguinas y sus maridos salieron a celebrar la llegada del 2009.
Luego de dejar todo lavado y ordenado (como correspondía según mi mujer), los niños durmiendo, finalmente pudimos acostarnos. Nos cedieron uno de los dormitorios del segundo piso que tiene el cielo inclinado, es una buhardilla. Me golpeé la cabeza todas las veces que me levanté.
La noche de Santiago es bastante más calurosa que la de Reñaca donde vivimos. Con ello unido al cielo inclinado y la cama chica (mido 1,90 m; mi nieto que la ocupa 0,85 m.) comencé a sentirme medio ahogado. Me levanté a abrir una ventana. Luego del consabido golpe en el cielo inclinado, logré abrirla y sentir una brisa algo más fresca que ingresaba.
No alcancé a disfrutarla mucho: una estridente sirena emitida por un altoparlante exactamente sobre mi cabeza comenzó a atronar la buhardilla, la casa y el pequeño condominio donde esta se encuentra. Despertó mi señora, los niños y los vecinos también. Ni ella ni yo sabíamos como detenerla, desconocíamos no sólo la clave sino el lugar donde estaba el comando. Los niños asustados lloraban, tomé al de 0,85 m. en brazos, mi señora a la guagua. Comenzó a sonar insistente el timbre, llegaron los vecinos, primero preocupados por la alarma y luego recriminándonos porque no la apagábamos. Felizmente antes de 10 minutos llegaron los Carabineros y una camioneta de la empresa de seguridad que hicieron callar la escandalosa trompeta electrónica.
Asustada llegó luego mi hija. Una vecina la había llamado cuando se inició el alboroto. En medio del caos y con los niños en los brazos, nosotros no atinamos a avisarle.
- Papá, aquí en Santiago todas las casas tienen alarma. Por eso dormimos con las ventanas cerradas: han entrado ya a dos casas del sector- me dijo justificando la instalación de la descomunal bocina infernal y recriminándome por abrir la ventana.
Me volví feliz a mi casita de Reñaca, sin nada interesante que se puedan robar: la tele pesa como 50 kg., el tocadiscos es algo antiguo (sirve para de 45 y 33 1/3 revoluciones) y el computador es de los primeros, comprado de segunda mano. Sin alarma, con las ventanas abiertas día y noche por las que se escucha calmo el ruido del mar.
De seguro que viviendo en Santiago habría tenido más trabajo, tendría un mejor standard económico y a mis hijas y nietos viviendo en la misma ciudad.
Pero de aquí no me mueven.
Publico el: 24/02/2009 16:55
Ventajas de vivir en Viña del Mar







