En aquellas épocas pretéritas (o prehistóricas) de los llamados 60’, veraneábamos en la Caleta Horcón como si se tratase de Hawai o Tahiti o alguna de esas playas espectacularmente tropicales de las películas de James Bond (con Sean Connery, off course, el único). Recorríamos esas playas de pé a pá, incluyendo sus acantilados y lomas, generalmente con una cantimplora colgada del hombro derecho y creyéndonos, según lo que creíamos, claro está, el Ché Guevara o David Bonne, porque había que estar preparado sea para la guerrilla, sea para la vida salvaje (valga la redundancia). Eran épocas, por cierto, de aventuras y de amores y desamores. Todos nos enamoramos en esos veranos de unas elfas hermosas y olorosas, como es de rigor. Algunas con las piernas interminables, otras con unas caderas que no nos dejaban conciliar el sueño (como dicen los siúticos), las de más allá con unos ojos que tumbaban hasta a los ángeles caídos, aquellas con unos labios nacidos para el beso (a pesar del persistente aroma a chewing gum), las otras con un ombligo que parpadeaba, y cosas así.
Cuántas veces nos fuimos con esas doncellas, amantes precoces, hacia los roqueríos, hacia las unánimes playas largas, hacia los acantilados de luna llena, y algunas veces pudimos acariciar los sueños que esos cuerpos despertaban o, incluso, lisa y llanamente, hacer el amor (como se decía siúticamente en esos tiempos).
Pero todo eso tenía algo en común: Sandro. Eran épocas de fogatas (hablo de los sesenta, off course, por si a alguien se le olvida), de papas al rescoldo, de vino entibiado al lado de esos fuegos, de canciones con guitarra y/o acordeón, de poemas declamados en medio del alcohol y de la noche. Y siempre el querido Sandro estaba presente, ya sea con una canción que alguien cantaba, ya sea con una canción en la transistor, ya sea con un casete entero en alguna casetera que alguien muy avanzado aportaba. Una guitarra y una muchacha, Trigal, Se te nota, Así, entre otras, acompañaron nuestros pololeos en esos años fugaces y en esa caleta que lo tenía y lo daba todo para el amor.
No sé hoy (casi suena como los primeros versos de una canción del gran Sandro), pero algo se quebró, tal vez se hundió en el mar, ya no es lo mismo (en el mal sentido del concepto), y ahora con la muerte de nuestro “ídolo”, está claro que nunca más nada será igual. (“Y al final la vida sigue igual, hé!”).
Publico el: 28/01/2010 13:16
Sandro y Horcón







