Definitivamente, comenzó el año.
Marzo siempre hace lo mismo, nos marca el final del verano, el retorno de los últimos que están en vacaciones, el comienzo de las clases, y con ello, el verdadero inicio del año.
Los estudiantes son muy importantes no sólo en la vida de la familia sino también de la ciudad. Las cosas cambian, parece que se ordenaran, cuando ellos comienzan su ritmo escolar.
El país vivió una revuelta estudiantil que trajo como consecuencia una reflexión sobre el estado de nuestra educación, sobre la forma en que estamos educando, sobre los niveles de inversión que tenemos y sobre el porcentaje del presupuesto nacional que estamos utilizando en educar a nuestros jóvenes.
Las conclusiones no son buenas. Las diferencias entre la educación particular y la educación pública se han agudizado. Tanto es así, que miles de alumnos de los liceos municipales se cambian a la educación particular subvencionada, o directamente, a colegios particulares.
Los municipios acumulan un déficit que se agrava cada año, debido a la diferencia entre la subvención que reciben y los gastos que realizan. Alcaldes han amenazado con devolver las escuelas y liceos al Estado. La crisis no se detiene. No se ven luces para un cambio fundamental.
Pero para no ponernos tan oscuros en este comienzo del año escolar, bien podríamos hacer un análisis sobre los aportes que nosotros podemos hacer, en nuestras casas, por mejorar la educación de nuestros hijos.
Hay padres que pasan horas y días y semanas estudiando cuál es el mejor colegio para sus hijos. Revisan si los niños aprenden inglés como para salir hablando, el tamaño de la infraestructura, el porte del gimnasio y su equipamiento, la biblioteca, y tantos otros factores.
No está mal que lo hagan, pero esa es una mitad del tema, la otra mitad es lo que pasa adentro de la casa, al interior de la familia. Siempre en la educación habrá dos partes, lo que hacen los profesores por nuestros hijos en la escuela y lo que hacemos nosotros en la casa. La combinación de esas dos mitades, de esas dos energías, será lo que nos permitirá alcanzar un logro mayor.
¿Les damos a nuestros hijos todas las comodidades necesarias para que puedan estudiar logrando los mejores rendimientos posibles?
Si su espacio para estudiar, aprender y soñar es cómodo, agradable y propio, todo puede ser distinto. Un escritorio personal, luminoso, con buena silla, ojalá con luz natural, amplio, íntimo, donde pueda dejar sus libros, cuadernos y revistas, pegar sus fotos, escuchar sus canciones, hacer sus tareas, organizar otras actividades, en fin, ese territorio único, que creamos con nuestras cosas, donde se va produciendo un ambiente acogedor, que nos ayuda a concentrarnos, a sentirnos contentos y tranquilos, a estar en paz.
Muchos fracasos escolares tienen que ver con la falta de un espacio adecuado para estudiar, con la ausencia de una biblioteca básica en la casa, con el respeto que los padres debemos tener con esos lugares sagrados para nuestros hijos, donde ellos aprenderán a ser grandes, a ir creciendo en armonía con los demás.
A ellos les darán muchas tareas durante el año, nosotros debiéramos asumir como principal tarea para estos días, el darles un buen lugar para estudiar.
Publico el: 09/03/2010 19:17
El aporte familiar a la educación







