Cuando era niña solía jugar con mi hermano a los pistoleros. Era entretenido, porque la idea era buscar alguna estrategia para ganarle al adversario y correr hasta quedar sudados enteros. Nada de violencia.
Sin embargo, hoy ese juego que en mi niñez no requería de mayor análisis ahora no me parece tan simplón, puesto que no me dejan de venir a la mente esos recuerdos cuando tengo que reportear hechos de adolescentes que andan armados como si fuera algo normal.
De hecho, lo que más miedo me da es que esas noticias dejen de sorprenderme y pasen a ser tan comunes como muchas otras informaciones que se muestran en las pantallas de los noticieros, se escuchan en las radios o se leen en los diarios, sobre todo, en estas páginas.
El día que esos hechos me dejen de sorprender, será sinónimo de que las cosas ya no marchan bien, que la situación se nos ha salido de las manos. En el fondo, que hemos fallado como sociedad.
Me parece atroz que ahora las salas de clases se hayan convertido en verdaderos rings, siendo sólo un ejemplo aquel incidente que tuve que cubrir hace unos días sobre el muchacho que volvió a su ex liceo en Quilpué con el fin de buscar venganza y, sin más reparos, acuchilló a unos de sus compañeros con el que minutos antes estuvo discutiendo. Preocupante.
Cuando esta información ya estaba dejando tranquila a mi conciencia, me tocó ver en el Juzgado de Garantía de la “Ciudad del Sol” cómo formalizaban a un joven de 14 años por el delito de robo con intimidación, puesto que había ocupado un arma a fogueo para amenazar a su víctima, una adolescente de su misma edad. La cara de intranquilidad de la madre y el llanto atorado en su garganta también me choqueó.
La infancia, claramente, no es la misma de antes. Ahora suele ser más corta y brutal, porque aunque muchos jóvenes no estén relacionados con lo delictual, se ven sometidos a otras tentaciones y conflictos que para mí no tenían ni siquiera nombre cuando tenía su edad, o bien, parecían lo bastante lejanos como para ser inquietantes.
Toda generación tiene lo suyo. Para bien y para mal. Sin embargo, hay que poner ojo ahora en los adolescentes que serán nuestro futuro, porque sin querer ser fatalista ni pesimista, hay algo que parece que no marcha en su mejor dirección.
Publico el: 20/05/2010 14:42
No es un juego de niños







