Nos levantábamos a medianoche para saber quienes eran, nuestra imaginación infantil nos jugaba una mala pasada, creíamos que eran piratas con un parche en el ojo, una pata de palo y un desplumado loro que diría palabrotas desde los hombros de algún veterano filibustero. Pero eran solo sombras que malamente alcanzábamos a distinguir, bajando bultos desde los botes varados en noches de calma y por coincidencia sin luna. Iban y venían desde los bongos transportando grandes paquetes, por más que nos acercábamos reptando entre la arena, intentando pasar desapercibidos, no lográbamos identificar a ninguno de esos enigmáticos personajes.
Eran los años 50, época de contrabando. Del puerto libre de Arica salían los barcos, y bajando de Chañaral iban dejando el bagayo a los botes que los esperaban en las coordenadas ya estipuladas, luego del consabido cambio de luces. Cuando la mar estaba mala, más de algún chorizo, (varios bultos unidos entre si), se caían al agua, siendo tarea de los pescadores el ir a buscarlos donde los llevara la marea y recuperarlos.
Nosotros sospechábamos que había una o dos embarcaciones dedicadas a eso, pero no sabíamos cuáles eran. Salían a la hora de la “prima”, como lo hacían todos para la pesca del congrio, luego se separaban disimuladamente, pero existía un acuerdo tácito que imposibilitaba hablar de ello.
Recuperado el botín lo llevaban a la cueva de los murciélagos, en la Punta del Fraile y los dejaban allí hasta la llegada de los dueños, con un cuidador como si estuviera tirándole a los zorzales, por los turistas inesperados o los mariscadores furtivos. Los bultos bajados sin novedad del barco, eran llevados a medianoche hasta la caleta y desembarcados allí, en el extremo de la playa mas alejada del centro.
Esas eran las noches que la curiosidad nos impelía a tratar de descubrir un secreto que para nosotros era un gran misterio. Traían telas inglesas, ropa interior femenina de seda, joyas de fantasía, juguetes y muñecas importadas, blue jeans americanos, radios a pila, whisky escocés, y cuanta cosa sin impuesto llegara del norte.
Toda esa época romántica que nutriera nuestra imaginación terminó de pronto, los Carabineros ya estaban alertados de los puntos de llegada, los “quitadores” habían proliferado, en una entrega en la Polcura hubo un muerto, se había vuelto una actividad muy peligrosa, ya no valía la pena arriesgarse por unos pesos. Nunca pudimos saber quienes eran nuestros héroes incógnitos, aún hoy están protegidos por los códigos inviolables del silencio.
Publico el: 27/07/2010 20:11
Los códigos del silencio







