Armamos una expedición igual que en nuestra infancia, iríamos en búsqueda de la famosa y legendaria cueva de Polanco, que nutriera nuestra imaginación cuando los viejos hablaban de ella. Se decía que la habitó un eremita de mal carácter. Que vivía en forma natural y que se enojaba mucho si alguien merodeaba en el lugar. La leyenda adornaba su historia como un trashumante que vendía yerbas, vivía del marisco y que los niños de esos años le lanzaban cascotes desde la altura de los riscos, en represalia por su mal vivir.
Solo los "antiguos" conocían la ubicación de la cueva y las historias que se contaban en velorios y alrededor de un brasero. Armamos un equipo de aventureros con alma de niños, de esos a los que les gusta remontarse por los acantilados, y les encanta caminar por las peligrosas soledades de las orillas del mar. Si se encontró Troya y Macchu Pichu, ¿por que nosotros no podríamos ubicar la cueva de Polanco? Prometía ser una linda aventura buscar una leyenda creada por la imaginación de nuestros abuelos.
Después de eludir el quiebre de las rocas que no dejan pasar en "el cajón" de Calque, remontamos el socavón por las alturas, pasamos frente a la gruta de los niños ahogados de Los Andes. Bordeando la orilla hasta cerca de El Tebo, nos detuvo una entrada de mar que hacía riesgoso el intentar el cruce, una fuerte correntada nos impedía continuar. Miramos detenidamente la inmensa pared de roca plana que nos cerraba el paso, buscando la huella de alguna posibilidad de cueva, pero nada semejaba a una caverna.
Fue el guía, el que mirando a su izquierda y hacia abajo, nos alertó de un boquerón de varios metros de largo, al final de un pasillo que no se veía a simple vista. Continuamos bajando y nos internamos en el socavón por varios metros, hasta desembocar en una gruta, caverna o cueva que sí podía acoger vida humana. -Sí- dijo un expedicionario, -por las indicaciones entregadas por el "antiguo" tiene que ser ésta-. Miramos a nuestro alrededor, los riscos se remontaban a varios metros de altura, una inmensa pared rocosa se disfrazaba de yuyos verdes, visión que le daba al lugar un aspecto extraño. Sin lugar a dudas habíamos hallado la legendaria cueva de Polanco. Sorteando el peligroso cruce regresamos por el sendero El Tebo. Volvimos tranquilos, la leyenda la habíamos hecho realidad, existía la cueva y por lo tanto, el huraño ermitaño. Los recuerdos de nuestra niñez tomaban forma y lugar, si parece que volvíamos del pasado.