Educar para el bienestar emocional 

Publicado el at 10/09/2021
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Juan Pablo Vicencio Cisternas-Psicólogo Clínico Acreditado
Supervisor y asesor de equipos de Salud Mental
 


Cada cierto tiempo la enseñanza resurge en la agenda política gubernamental de forma prioritaria y, en cierta medida obligada, respondiendo primero a las demandas estudiantiles y luego sociales, que exigen una educación gratuita y de calidad. Pero, ¿Qué es lo que exactamente pedimos? ¿Quién define los criterios para señalar que un contenido u otro es de calidad? ¿Cuál es el derrotero para llegar ahí? y, por último, ¿Cuál es el sentido último de la educación? ¿Calidad para fomentar la moledora de carne -donde todos salen iguales- o para formar individuos con pensamiento crítico e independiente?

Desde la óptica de la salud mental, una educación que no ponga en el centro de su quehacer el desarrollo humano carece de sentido. En este mundo globalizado, en que los contenidos se actualizan semanalmente, éstos deben estar al servicio de un planeta agotado y una sociedad en crisis, donde lo que se juega es -nada menos- que la conservación de las especies incluyendo, obviamente, al ser humano. Así, la enseñanza basada exclusivamente en contenidos académicos -cognitivos-, descuidando lo más humano: los afectos -como señales-, no puede generar bienestar permanente, ni considerarse integral y plena de sentido. 

En un sentido tradicional conocemos excelentes planteles educacionales que prácticamente aseguran buenos puntajes y memorización de contenidos, pero que descuidan la calidad ética y humana de sus estudiantes, que terminan siendo entes robotizados que se pavonean con sus títulos cual “chapitas”, pero que son incapaces de sentir al otro. ¡Qué triste! Ya lo decía el gran profesor de Literatura Nuccio Ordine: “Hoy en día, cada vez más, la escuela y la universidad se transforman en empresas”. 

Actualmente, como país, tenemos altos índices de problemas de salud mental en todos los establecimientos de educación básica, media, técnica y universitaria: depresión, suicidio, consumo de drogas, violencia…, no obstante, el énfasis sigue puesto tercamente en el traspaso maquinal de la información más que en el sentido y reflexión de la misma; en la memorización insípida más que en el pensamiento analítico; en la conversación competitiva y belicosa, más que en la convivencia amorosa, única vía hacia el desarrollo sustentable y con equidad. 

La inteligencia tradicional -cualidad sobredimensionada en nuestra sociedad-, es una herramienta que puede estar al servicio de los fines más altruistas como, por ejemplo, el desarrollo de tecnologías para salvar vidas, o pensada para la guerra y la destrucción masiva del prójimo como lo fue el desarrollo de la bomba atómica, impulsada inicialmente por la fórmula de Albert Einstein, el científico “más brillante” del siglo XX. 

En palabras del destacado psiquiatra Claudio Naranjo: “Tenemos el mundo que conocemos por la educación que tenemos”, agregando que se requiere del autoconocimiento para llegar al amor y a la felicidad, pero que éste no ha llegado a la educación vía comunicación personal. 

Educar en la cooperación, el respeto por el planeta, la empatía, virtud y autoconocimiento, no es una ilusión utópica de un ingenuo sentimentalista, sino el único camino viable hacia la felicidad, ese estado de grata satisfacción espiritual y física, y la supervivencia. ¿No es a eso a lo que finalmente todos aspiramos? 

 

 

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