Víctor “Pititore” Cabrera se nos va y con él quedan en la memoria colectiva sus goles, su historia, sus anécdotas y esa tan característica irreverencia que lo acompañó hasta el final de sus días.
Por Gonzalo Valero Acevedo, autor del libro “Acróbata del gol”
En su libro “El fútbol a sol y sombra”, el escritor uruguayo Eduardo Galeano señalaba que en los barrios populares suelen envidiar al joven que se convierte en futbolista, porque el jugador profesional se salva de trabajar en la fábrica o en la oficina, y “le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo”.
Víctor “Pititore” Cabrera Sánchez es un ejemplo de esa descripción que hace Galeano del niño de escasos recursos, que le gana a la vida por sus condiciones excepcionales para jugar al fútbol y se convierte en ídolo. Él fue ese joven que dejó atrás un futuro incierto y un destino bajo el anonimato, dribleó los obstáculos de origen y una dificultosa condición socioeconómica, y salió adelante gracias a su virtuosismo con la pelotita, ganando dinero, fama, experiencias y múltiples historias que llenaron de anécdotas su existencia.
La infancia de “Pititore” no fue fácil, estuvo marcada por las dificultades familiares y económicas. Sus padres se separaron cuando era pequeño y él sintió que quedó un poco a la deriva, sin los cuidados ni las enseñanzas que un hijo necesita para enfrentar la vida con todas las complejidades que ella tiene. A temprana edad dejó el colegio y tuvo que desarrollar distintos oficios para ganar algo de dinero que le servía para comer, comprarse cosas o bien para ayudar en el hogar familiar.
Su llegada al fútbol profesional es sorpresiva y mágica. En 1978, Cabrera tenía 18 años cuando lo descubrió Eduardo “Punto” Silva y su asesor Carlos “Máquina” Hernández en un partido del fútbol amateur en La Calera. A pesar de su físico enjuto y mermado por una infancia vulnerable, el entrenador sanluisino se la jugó para sumarlo a su proyecto futbolístico. “Pititore” estaba haciendo el servicio militar en Quillota, pero eso no fue un impedimento para Eduardo Silva, quien tenía importantes contactos con los militares de la Escuela de Caballería Blindada y de la Gobernación Provincial.
En menos de dos semanas de ese primer contacto con el entrenador quillotano, “Pititore” Cabrera se sumó al Club Deportivo San Luis de Quillota, que estaba en segunda división y cuyos directivos apuntaban a desarrollar un proyecto futbolístico a largo plazo, con una mezcla de jugadores jóvenes y otros de mayor experiencia.
“Pititore” llegó a San Luis sin hacer divisiones inferiores, es decir, sin formación ni disciplina deportiva, tampoco con la preparación física adecuada y el conocimiento táctico necesario. Arribó con 52 kilos y 1,75 metros de altura, sin la masa muscular ni el óptimo desarrollo alimenticio que debe tener un deportista de alto rendimiento.
Pero todo ello no fue un impedimento para que en menos de dos meses de entrenamiento, debutara en el friccionado fútbol profesional de ascenso e incluso marcara de inmediato su primer gol. Fue el primero de muchos goles, en un derrotero que lo llevó por San Luis, Deportes Concepción, Regional Atacama, Colo-Colo, La Serena, Everton, La Calera y Quintero Unido.
El fútbol llegó como un salvavidas, que lo rescató por accidente y le mostró de golpe un mundo distinto e inesperado para él. Pero su falta de educación, experiencia, carencias afectivas y acompañamiento de un entorno protector, siempre le jugaron una mala pasada. “Quiso Dios hacer de un salvaje, un futbolista, y creó al “Pititore” Cabrera”, dijo alguna vez Eduardo “Punto” Silva, su descubridor y primer entrenador.
“Pititore” tenía las condiciones físicas y técnicas idóneas para ser un jugador fuera de serie, pero su inocencia, falta de disciplina deportiva y poca conciencia de lo que estaba viviendo, no le ayudaron del todo y terminaron por impedir que alcanzara toda la gloria, que pudo haber logrado con la destreza y habilidades que tenía para el balón.
Aún así, Víctor “Pititore” Cabrera se hizo un espacio en la historia del fútbol chileno y quedó en la memoria de los amantes de este deporte, gracias a sus goles, su simpatía, su irreverencia, sus acrobacias, sus locuras, sus anécdotas, su compañerismo, su generosidad y su alegría tanto dentro como fuera de la cancha.
Llegó a ser tres veces goleador en torneos del fútbol chileno, con San Luis en la copa “Polla Gol” de Ascenso de 1980 y en el torneo regular de ese mismo año; y también con Regional Atacama en el campeonato de Primera División de 1984, a pesar que el cuadro del norte terminó descendiendo al final de esa temporada.
Su olfato goleador, valentía para enfrentar a los defensas y exquisita técnica al momento de definir, fueron valorados por futbolistas, entrenadores, periodistas e hinchas de distintos clubes. Fue uno de los mejores delanteros del fútbol chileno de esos años, en una época donde habían muy buenos atacantes.
Su presencia en el campo de juego era un verdadero espectáculo, así también lo fue la pintoresca forma que tenía para celebrar sus goles: una voltereta conocida como Rondat con doble mortal atrás en plancha. Una verdadera acrobacia circense o de gimnasia olímpica que marcó su particular sello como goleador, y que lo hizo reconocido tanto a nivel nacional como internacional.
Con el apoyo de “El Observador” y la Municipalidad de “Quillota”, logré sacar adelante un libro biográfico que retrata su vida. “El acróbata del gol: las volteretas de Víctor “Pititore” Cabrera” es hoy un homenaje a ese jugador que llenó de alegrías a muchos hinchas. Se nos va “Pititore”, pero su historia, sus goles y sus anécdotas quedarán por siempre. Adiós al mejor “9” que ha tenido San Luis de Quillota.