Por Roberto Silva Bijit
Fundador Diario “El Observador”
Nadie podía creerlo, pero era verdad. Un tren de pasajeros, iguales a los que corren entre las estaciones de Limache y Puerto, pasó por la Provincia de Quillota.
Eran las once de la mañana y con un sol radiante esos vistosos carros azules pararon el tránsito en los diferentes cruces de la zona. Una locomotora los iba tirando porque esos carros llegaron por San Antonio y los trasladan usando la misma línea férrea que se inauguró en septiembre del año 1863.
Primero: alegría de verlos pasar. Nostalgias de los trenes y del sueño de volver a ver pasar el tren por nuestra zona.
Segundo: si pasaron desde Santiago hasta Limache, significa que la línea está buena. ¿En qué topamos para que en algunas horas del día una locomotora arrastre carros desde La Calera a Limache, pasando por las estaciones de La Calera, La Cruz y Quillota? Una vez en Limache el tren se vuelve a conectar a las catenarias, que son los ganchos en los que se cuelga el cable de energía eléctrica.
Tercero: podría haber cuatro frecuencias al día, especialmente en las mañanas y las tardes, para movilizar a miles de personas que van desde dichas comunas a estudiar y trabajar al Gran Valparaíso.
Cuarto: no es un problema técnico, es un problema de voluntad política, por lo tanto, tiene soluciones rápidas. No fueron ilusiones, fueron carros con pasajeros que viajaron por nuestras líneas.
Quinto: el convoy cruzó el histórico túnel de San Pedro y muchos otros obstáculos de la ruta de apenas 26 kilómetros que separan a La Calera de Limache, por lo tanto, podrían volver a circular antes que se termine el retrasado proyecto ferroviario.
Sexto: ¿Por qué tanta gente tendrá que esperar hasta el año 2032 o tal vez 2034 para que regrese el tren, si se ven opciones más rápidas?
Algo anda mal con la planificación de nuestro desarrollo. Es un hecho que tal como ya ha sucedido, si los 26 kilómetros estuvieran en Santiago, ya estarían construidos. En la capital hay plata, hay proyectos, hay eficiencia para terminarlos. Las provincias se postergan interminablemente y debemos conformarnos con la aplicación de esas políticas centralistas, que cada día hacen más grande la brecha entre Santiago y regiones.
El guatón goloso de Santiago se come siempre todos nuestros recursos.
Y lo peor de todo es que la planificación de la extensión del paso del tren por nuestras ciudades está repleta de problemas. Hay dificultad con las estaciones y su operatividad. Hay conflictos con los 2.000 pozos arqueológicos que señalan que tiene el trayecto, pensando que cada pozo cuesta cerca de 20 millones y que no tienen plazos para la entrega del resultado de la excavación. Hay problemas graves -muy graves- con los cruces del tren por nuestras vías de vehículos. Por ejemplo, están proponiendo que el tren pase por arriba en el cruce de La Palma, construyendo la ruta de los autos por abajo, en un hoyo que se llenará de agua todos los inviernos, impidiendo el libre acceso a Quillota.
Quillota vivió un milagro, liderado por el alcalde Luis Mella, como fue el cambio de la línea férrea y habilitar la avenida Condell, pero lo que se logró fue también liberar a la comuna del paso del tren por el medio de la ciudad, lo que la dividía en dos.
Lo que puede pasar ahora con el nuevo paso del tren de pasajeros es que la ciudad vuelva a quedar dividida por los pasos bajo nivel y por las decisiones urbanísticas que se tomen a partir del nuevo flujo de trenes que la zona podría tener en algunos años más.
El sueño del tren podría terminar en pesadilla.