Por Roberto Silva Bijit
Fundador Diario “El Observador”
Algo muy profundo está ocurriendo en nuestra sociedad, que la llamada Semana Santa, ya no es tan santa. Pasó de un viaje de ser un tiempo de reflexión a un fin de semana largo.
La pérdida de la religiosidad está vinculada a la nueva valoración de las personas, no por lo que son, sino por lo que tienen. En ese mundo materialista, las opciones espirituales tienen menos cabida.
También han influido de manera muy determinante los abusos cometidos por sacerdotes de distintos países en todo el mundo. Tal vez habría que volver a proponer, como en la Iglesia Ortodoxa, que los pastores puedan tener una mujer y formar una familia, dándole otro tipo de equilibro a la función sacerdotal, a la vez que aterrizándola más en este mundo.
Recuerdo que el Papa Francisco, haciendo gala de su manera tan diferente de enfrentar el gobierno de la Iglesia Católica, fue dando algunas señales durante Semana Santa.
Al celebrar la Última Cena de Jesús, rompió la tradición de lavarles los pies a sus apóstoles. Primero se los lavó a discapacitados y enfermos y al año siguiente lo hizo con seis mujeres y seis hombres que cumplían condena en la cárcel.
Todas las crisis vividas por la Iglesia Católica, especialmente los abusos sexuales, hacen que la más importante celebración religiosa de los cristianos, como es la fiesta de Pascua de Resurrección tenga una nueva forma de ser celebrada, sin los respetos que la caracterizaron. Antes era una semana santa, es decir, desde el Domingo de Ramos al Domingo de Pascua, siete días de recogimiento y respeto, de reflexión y recato.
Si recordamos o consultamos con los mayores, la celebración llenaba de silencios muchos lugares, las radios tenían una programación especial, la televisión disminuía el tono en todos sus programas, la gente acudía en gran cantidad a los oficios religiosos, al Vía Crucis y los retiros espirituales destinados a limpiar su alma y proponer mejoras en su vida.
De eso queda muy poco. El fin de semana feriado es lo que queda de la semana santa. Se trata de tres días para hacer fiestas, para salir de viaje, para desconectarse. Los asados reemplazaron el pescado blanco, la música al recogimiento y la fiesta desatada a las tardes y noches de respeto de antes.
Los tiempos no cambian porque sí, muy por el contrario, siempre son señales sobre lo que estamos viviendo. La falta de gente en los oficios religiosos es la misma falta de gente a la hora de la comunión, en la mayoría de los oficios. Y es también la misma falta de gente a la hora de hablar de las vocaciones religiosas.
Se ha traspasado la crisis de los religiosos a la religiosidad de los fieles. Eso es lo que está causando la ausencia y el desgano.
Las semanas santas ya no son tan santas porque mucha gente se ha aburrido, no de Dios, sino de sus intermediarios, lo que ha significado que busquen un diálogo más directo con su Ser Superior, Creador o como lo queramos llamar.
Es como si quisieran sostener con Dios una especie de conversación por celular, sin operadora, y de una sola llamada escuchar la voz de este Gran Supremo.
Dios es una necesidad para la mayoría, pero no siempre se quiere llegar a Dios a través de un intermediario. Ahí está el punto de quiebre de la semana cada vez menos santa.