Por Roberto Silva Bijit
Fundador Diario “El Observador”
Este lunes es 2 de marzo. El lunes comienza el año de verdad, dejando atrás los meses de enero y febrero que tienen ritmo de vacaciones y de relajo. El lunes comienzan a volver los estudiantes a clases y a reordenar los horarios de las casas y las oficinas. Vuelven los tacos automovilísticos de la mañana y las mochilas con colaciones.
Marzo está en marcha.
Pero también en marzo comenzamos un nuevo ciclo político. Nos pasamos de la izquierda a la derecha. Cada cuatro años tenemos cambios y cada cuatro años miles de chilenos dejan sus cargos en el gobierno y son reemplazados por otros que piensan opuestamente distinto. Ahora van a llegar vestidos con corbata y terno. Es que la democracia es con maletas, hay que saber dejar el poder, aunque hemos visto a Boric tratando de amarrar desesperadamente a cientos de compañeros que difícilmente podrían sobrevivir fuera del Estado.
El ejercicio de dejar el poder es sano. No dejarlo trae complicaciones como las que tuvimos con los 17 años de Pinochet, como las que tienen los cubanos con más de 60 años de vida castrista comunista, o como la de tantos otros países de la órbita comunista donde los gobernantes se apernan al poder y no hay cómo sacarlos. Aunque, a decir verdad, Estados Unidos encontró la forma de extraer a Maduro debido a lo inmaduro de su proceder.
El 10 de marzo en la noche se termina este gobierno experimental de Gabriel Boric, donde un personaje sin siquiera un título profesional, gobernó en forma atrevida y audaz, diciendo sin corbata lo que se le antojó y derribando todo lo que pudo de nuestra estructura gubernamental. Peleó con Argentina, el país limítrofe más importante para Chile. Atacó sin sentido a Estados Unidos con el que tenemos una relación comercial casi de dependencia. Se dejó abofetear por el gobierno venezolano, que tuvo fuertes intervenciones en Chile. Sabemos con claridad que a Ojeda, el oficial insubordinado del Ejército Bolivariano que se asiló en Chile, lo mandaron matar enviando agentes secretos al país. Tampoco sabemos si Venezuela estuvo detrás del estallido social.
Porque si sacamos bien la cuenta, después de seis años, todavía no sabemos quiénes ni cómo lograron quemar 20 estaciones del metro en forma simultánea. Estaciones de cemento, con vigilancia, cámaras, guardias y pasajeros que también ven y graban en sus celulares. No se trata de un simple arrebato, sino de una acción planificada y estudiada durante mucho tiempo. Además, ese tipo de operación necesita contar con unos acelerantes especiales y reconocimiento anterior de los sistemas eléctricos. Ni el gobierno, ni la Cámara de Diputados, ni el Ministerio Público han buscado una respuesta para determinar si hubo dinero y equipamiento desde el extranjero y si efectivamente Venezuela está detrás del estallido.
En todo caso, con la llegada del gobierno de José Antonio Kast a La Moneda, comenzarán las revisiones de cuentas y de sucesos que han quedado tapados por la papelería gubernamental. Comenzarán las auditorías y estamos seguros que habrá muchos destapes que ratificarán todo lo que ya hemos visto en estos últimos años.
Chile necesita alcanzar muchos acuerdos para terminar con las visiones pequeñas e ideologizadas que hoy se están aplicando. Necesitamos un país más ancho, donde quepan todos y no sobre nadie. Un país con más acuerdos que desacuerdos. Un país con una oposición constructiva y no destructiva. Un país con un Congreso que asuma no solo la emergencia sino la convergencia para llegar a entendimientos que nos sirvan a todos los chilenos, porque no tienen que olvidarse los señores políticos, que esa es la razón de ser de la política: servir del mejor modo a los ciudadanos, pensando en el bien común.