Por Roberto Silva Bijit
Fundador Diario “El Observador”
Era tan fácil llegar al final del gobierno con una buena imagen, con más moderación y armonía. No. Todo tuvo que hacerlo como niño caprichoso. En un momento tan serio como el traspaso de información entre presidentes se puso a hacer trabalenguas con el cable chino, a esconder información y tratar de hacerse el pillo, ese maldito mal nacional que tanto nos afecta como chilenos. Saltarse la fila, vivir el complejo del vivaracho como si fuera una gracia.
El gobierno de Boric no tiene un final feliz. El miércoles le traspasa la banda tricolor a un gobernante de derecha, peor imposible. Termina con una profunda división entre las fuerzas políticas que lo apoyaron y con un país polarizado.
El gobernador regional, Rodrigo Mundaca fue -una vez más- categórico para decir que había fracasado. “En este ciclo político liderado por el FA se perdieron todas las elecciones, ¡todas!” Y agrega que el desempeño del gobierno influyó en la derrota de Jara: “Soslayarlo es tratar de tapar el sol con un dedo. Un gobierno que le transfiere la banda presidencia a quién está en las antípodas ideológicamente, es un fracaso”. La senadora DC Yasna Provoste dijo que fue un gobierno “improvisador, poco efectivo y poco transparente, con un estilo frívolo y voluntarista”.
No sigamos, porque son colecciones de condenas al fracaso lanzadas por personeros cercanos al gobierno y que se dieron cuenta que efectivamente todo se estaba cayendo a pedazos.
Dramáticas fueron las declaraciones de la presidente de la Corte Suprema, Ana Gloria Chevesich, que frente a la pregunta sobre si el Estado mantenía el control sobre las cárceles, contestó: “Pareciera que no”. Es necesario reconocer que todo el aparato judicial trabaja para castigar a un condenado con la cárcel, por eso resulta increíble que la máxima autoridad crea que no tiene control sobre ella. Es más, en relación con la corrupción de Gendarmería, donde los encargados de mantener a los presos adentro de la cárcel, reciben sobornos para liberarlos, o para venderles celulares, drogas, medicamentos, otro tipo de comida y todo tipo de servicios a los presidiarios, ella señaló: “Nada parece funcionar bien”.
En medio de este panorama, hay una luz de esperanza. La persona que José Antonio Kast designó como ministra de Seguridad es una abogada de 54 años, María Trinidad Steinert, sin militancia política, que era la Fiscal de la Región de Tarapacá, una mujer con una vasta experiencia en estos temas. A ella tenemos que agradecerle la detención de “El Estrella”, cabecilla del Tren de Aragua que estaba operando entre Viña del Mar y Quillota cuando cayó preso.
Sus ideas son muy claras. Conoce a fondo la necesidad de mejores cárceles, donde los líderes de las bandas que están operando puedan ser aislados, donde se elimine la opción de que puedan usar celulares. Y no solo para estafar a la gente, sino también para seguir pagándoles a los gendarmes con dinero plástico.
Ha sostenido que los tribunales militares debieran volver a juzgar a los uniformados, ha planteado que la coordinación entre los que participan en estos procesos debiera tener una mayor coordinación. Ha insistido en la necesidad de “cámaras para mejorar la persecución penal en cada una de las comunas”. Y agregó: “Lo más importante es estar en terreno, porque no sacamos nada con dictar políticas de seguridad pública desde el escritorio, sin conocer realmente qué es lo que está pasando en cada una de las comunas y qué les pasa a los vecinos en su casa”.
Y con una visión más de provincia, señaló: “No todo es Santiago. Santiago es una región importante, pero no podemos olvidar a otras regiones. Por ejemplo, estuvimos en Viña, en Valparaíso, (donde coordinó planes de seguridad con el Gobernador Regional), en Quilpué. Yo tengo mucha fuerza, muchas ganas de que todos trabajemos en forma coordinada, colaborativa”.
Vienen tiempos de cambio y también días difíciles para la nueva administración del país. Esperemos que los chilenos estemos a la altura de las circunstancias.
*Imagen de R00edes Sociales