A 50 años: los insólitos efectos del Golpe de Estado en Unión La Calera y San Luis

Publicado el at 26/08/2023
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Jugadores cementeros trabajaron en el POHJ para suplementar su sueldo y en los canarios hubo varios militares en cargos dirigenciales

REPORTAJES.- El 11 de septiembre de 1973 fue un día que marcó de manera trágica a nuestro país. Dentro de algunas semanas se cumplirán 50 años del Golpe de Estado y en diversos ámbitos, la conmemoración de esta fecha invita al análisis y la revisión de la historia.

Quienes vivieron ese doloroso momento en Chile y los años posteriores de la dictadura, recuerdan de qué manera el término de la democracia a punta de fusil y la imposición de manera sangrienta de una forma de gobernar, afectaron a toda la sociedad, incluyendo la violación sistemática de los derechos humanos de muchos chilenos.

Todas las esferas del país cambiaron a partir de ese día, incluyendo el fútbol, que no está tan alejado del devenir de la sociedad. Por eso, la siguiente nota pretende rememorar qué sucedía con los clubes profesionales de la Provincia, Unión La Calera y San Luis de Quillota en aquella época, y de qué manera el golpe cívico-militar afectó el día a día de ambas instituciones.

Crisis económica y dirigencial

La década del setenta fue de crisis institucional para Unión La Calera. El elenco rojo estaba en Primera División, pero disputas dirigenciales internas y el poco apoyo en las tribunas, hacía que año a año se coqueteara con el descenso, algo que se concretó en 1974, después de 13 temporadas en la serie de Honor. Comenzaban años muy complejos, que amenazaban constantemente con incluso la desaparición del club.

La realidad de San Luis no era muy diferente. Los canarios estaban en Segunda División y los principales problemas pasaban por lo dirigencial. Pocos estaban dispuestos a asumir en un club que sufría constantemente apremios económicos.

La situación del país poco ayudaba. Eran días álgidos en lo social, político y económico, y el público no acompañaba en los estadios. Sin embargo, en ambas instituciones de nuestra zona, las diferencias políticas quedaban al margen y a todos los unía el amor por los colores. En el ámbito nacional, la espectacular campaña de Colo Colo en la Copa Libertadores de América, ese 1973, fue un bálsamo, un escape para muchos. Un país polarizado se unía cada vez que los albos jugaban. Hay algunos incluso que señalan que esa campaña retrasó el golpe de Estado.

El campeonato de Primera División tuvo un largo receso debido a las Clasificatorias para el Mundial de Alemania de 1974, pero el de Segunda estaba en pleno desarrollo ese martes 11 de septiembre. De hecho, San Luis empató con Aviación en El Bosque el viernes anterior. Lo que vino después de la instalación de los militares en el poder cambió totalmente al país y también el fútbol.

Por razones obvias, la actividad futbolística se detuvo. Muchos estadios en el país fueron ocupados como centros de detención y el toque de queda, así como la prohibición de reuniones masivas, hizo imposible que se jugara fútbol en Chile. De hecho, recién a fines de septiembre se reanudó el torneo del ascenso y a mitad de octubre, el de Primera.

En la dirigencia de los clubes y también en la Asociación Central de Fútbol (ACF) comenzaron a aparecer otros dirigentes. Militares en retiro o civiles vinculados al Gobierno, asumieron las riendas de la actividad. De hecho, el subdirector general de Carabineros, Eduardo Gordon, asumía al poco tiempo como presidente del fútbol chileno.

En San Luis, las relaciones con los militares venían de antes. Es más, en los complejos momentos directivos, tanto la Escuela de Caballería como el Regimiento Ingenieros sirvieron como lugar de concentración o entrenamiento para el elenco quillotano. De hecho, ese año 1973,} el presidente del club era Carlos Martínez Aguirre, comandante del Regimiento Ingenieros.

Antes y después de lo sucedido en septiembre de 1973, San Luis de Quillota competía en la Segunda División, apelando al ingenio de su dirigencia para el día a día.

El POHJ y la intervenciaón

Quizás si uno de los efectos más concretos del golpe fueron los líos dirigenciales y económicos que vivía Unión La Calera -ya en Segunda División-, los que llevaron incluso a que los jugadores del club trabajaran en 1975 en el Programa Ocupacional para Jefes de Hogar (POHJ), decisión del alcalde designado Modesto Humberto Ahonzo, para alivianar el pago de los sueldos. Los futbolistas llegaban temprano al Estadio Municipal y realizaban todo tipo de labores, para luego de unas horas, comenzar a entrenar. 

La crisis no daba para más. Además, el país vivía una situación económica angustiante producto de una inflación histórica y el fútbol no era una prioridad de los caleranos. Se pensó -como tantas veces en esos años- que había que cerrar las puertas de la institución.

 

En 1973 Unión La Calera estaba en Primera División y vivía complejos momentos deportivos, económicos y dirigenciales. Al año siguiente descendió.

Ese tipo de situaciones no cayeron bien en Santiago y se decidió que el club fuera intervenido. El Gobierno no veía con buenos ojos la pérdida de clubes de fútbol, la principal “distracción” de los chilenos mientras en las sombras se violaban los derechos humanos. La ACF determinó que el vicepresidente del organismo Jorge Lafrentz y el coronel del Ejército Luis Zúñiga tomaran las riendas de Unión La Calera, pero en rigor era el alcalde Ahonzo quien ejecutaba las decisiones de los interventores.

Pasarían algunos años hasta que se hizo un llamado a empresarios y comerciantes locales con el fin de reflotar la institución. Aceptaron el desafío y se pusieron a trabajar, entre otros, Arturo Chahuán, Manuel Rocha, Nazzar Chahuán, Arturo Arancibia y Bichara Chahuán. Surgieron jugadores de la cantera, que permitieron mejorar las campañas y reencantar a los hinchas, sentándose las bases de lo que serían años exitosos a comienzos de los años ochenta.

En Quillota, en tanto, los futuros presidentes eran variopintos. Juan Luis Trejo, abogado y militante del Partido Radical, asumió en 1974, conformando una mesa directiva que no establecía diferencias, más allá de la polarización vivida antes del Golpe y tras la instalación de la dictadura. Poco después asume Ángel Custodio Torres, coronel y gobernador provincial, quien en 2008 fue condenado por su responsabilidad en la muerte de nueve quillotanos, en el falso “Asalto a la Patrulla”.

Así como en otros clubes, la presencia de militares en las directivas fue una constante, sobre todo en los años posteriores al Golpe de Estado y San Luis no fue la excepción, hasta incluir también a los alcaldes designados de la época.

 

 


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