Cuando la bohemia y la vida nocturna fueron por décadas el sello de La Calera

Publicado el at 4:02 pm
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Locales nocturnos de música, baile y “amores” fugaces,  fueron parte de la ciudad durante muchas décadas. El Sony Boy, el último de bastión de la bohemia local

La Calera vivió hace ya muchos años de una intensa vida nocturna, la que fue una característica de la comuna durante décadas. Muchos llegaban a La Calera, atraídos por los locales nocturnos y los lugares donde la noche se convertía en día.

Actualmente de esa vida nocturna no quedan vestigios y solo los recuerdos hacen revivir lugares, personajes e historias, propias de esos años de intensa vida bohemia.

La Calera y su condición de punto estratégico desde lo geográfico, la presencia del tren al norte –que lo hacía un paso obligado para viajeros- y las faenas mineras cercanas, así como la fábrica de cemento, hicieron de La Calera una ciudad especialmente bohemia.

Fueron muchos los locales tradicionales que hace décadas formaban parte de un amplio abanico de opciones para que los parroquianos caleranos y afuerinos disfrutaran de los más diversos espectáculos musicales y otras actividades propias de la noche. A mediados del siglo pasado, La Calera tenía tanta vida nocturna como Valparaíso, en proporción a la cantidad de habitantes.

Alguna vez contó Federico Cueto, “Tilico”, conocido calerano, que hasta 1949 en La Calera había 18 prostíbulos y cuando comenzó a construirse la carretera Panamericana, con los clandestinos, ese número se elevó considerablemente. “En todos los restaurantes y bares de calle Caupolicán, que era la calle del vicio, a toda hora había músicos y tocaban valses, boleros y tangos. Eran los años en que existían bares peligrosísimos como El Royal, El Central y El Plaza, donde como mínimo había cinco asesinatos a la semana”.

Fue en esa época que la ciudad se ganó la fama de ciudad brava, un mote que se prolongó en el tiempo. Años también en que la música y el baile eran parte fundamental de la noche calerana, y donde el tango por ejemplo, estaba en todas partes, con músicos destacados como Charles Tomas, Maximiliano Maureira y otros.

Los locales nocturnos, para el esparcimiento, disfrutar de la música, beber y donde abundaron los “amores de una noche”, eran muchos, difícil de creer para las nuevas generaciones.

Estaban el Sahara, el Sony, el Parrón, San Carlos, Las Brisas, Las Rosas y otros. En todos esos locales había músicos tocando toda la noche. Cada fin de semana, cuando llegaba el tren del norte, cerca de las 11 de la noche, La Calera se llenaba de gente, y el movimiento que se generaba hacía que la noche pareciera día.

Sin duda, el local nocturno por excelencia, el más afamado y emblemático, y que sobrevivió al paso del tiempo fue el Sony Boy. Ubicado en la calle Diego Lillo, casi al llegar a Caupolicán, por más de 60 años le dio el sello bohemio a La Calera. Fue Juana Solari, calerana de adopción y sanfelipeña de nacimiento, conocida como “Mamá Juana”, la gestora del mítico local.

Como cocinera en otro local, en el Cabaret Sahara, se dio cuenta lo lucrativo del negocio. Juntó dinero, compró el terreno y levantó el Sony Boy.

En ese tiempo, la actual avenida Diego Lillo se llamaba Manuel Rodríguez, y la feria minorista se instalaba ahí. De día los feriantes ofrecían sus productos a los caleranos, pero de noche, todo cambiaba. Las luces, la música y la vida alegre se tomaban el sector.

El Cabaret Sony Boy (o “El Templo” como muchos le decían) fue parte de la edad de oro de la noche calerana, y por su salón desfilaron muchas mujeres que animaban la noche con bailes y sirviendo de compañía para los visitantes que llegaban cada noche al local nocturno en busca del cariño pasajero.

Además, con el paso de los años el Sony Boy llegó a tener espectáculos musicales. Pasaron por su salón, entre otros, Los Golpes, Luis Alberto Martínez y destacados humoristas como “Chicho” Azúa; espectáculos que buscaron darle un vuelco al local.

También fueron muchos los músicos caleranos que encontraron en el popular cabaret, un espacio para trabajar y hacer música. El grupo Grado 12 uno de ellos. De lunes a domingo, la música en vivo estaba desde las 21 horas hasta las 5 de la mañana.

No pocas veces un cliente llegaba y decidía cerrar el local solo para él. Les pagaba a los músicos, a las mujeres y el alcohol. Los encargados de la música eran “protegidos” por la dueña del local y tocaban casi sin parar, todos los ritmos posibles y que les pedían: rock, twist, tropical, ranchera, boleros y hasta cueca. En realidad, al gusto del cliente.

Sin embargo, tal como ocurrió en el resto de la comuna, donde la bohemia fue desapareciendo, también el Sony Boy tuvo su final. A la muerte de la “Mamá Juana”, su hijo, conocido como “Che Lucho”, se hizo cargo de su administración, junto a su esposa. Luego, al fallecer él, su hijo tomó las riendas, pero se hizo difícil mantener el mítico local. Los tiempos habían cambiado, La Calera había cambiado.

Hoy ya no está ni su fachada (en la imagen principal). Una retroexcavadora acabó con los últimos vestigios del Sony Boy hace algunos años.