Por Roberto Silva Bijit
Fundador Diario “El Observador”
Todo lo que está pasando con los estudiantes tiene un origen en la casa. No hay otro lugar donde se forme una persona que no sea su propio hogar. Allí se nutre de armonía y amor, o bien, se atraganta con soledades y desencuentros. Desde muy niños las personas vamos incorporando a nuestros padres en nuestro proceso formativo. Nadie es más responsable que un papá o una mamá en la entrega de valores a sus hijos. La escuela ayuda, aporta, orienta, pero no puede reemplazar el trabajo de los padres.
Con las debidas excepciones y sin ánimo de generalizar, queda claro que somos lo que nuestros padres hicieron por nosotros. Lo que vimos, escuchamos y vivimos hasta los 15 a 17 años es lo que vale. Después creo que cada uno resuelve sus temas, pero la base fundamental de todo será siempre el trabajo que con nosotros hicieron ellos por acompañarnos, guiarnos, enseñarnos a ser buenas personas, buenos ciudadanos, buenos amigos y finalmente buenos esposos y padres. La vida es un ciclo inevitable.
Este es el tamaño de la crisis en números: en nuestra región, en apenas 22 días (entre el 23 de marzo y el 13 de abril) hay 101 denuncias por amenazas y de esos días, si contamos solo de lunes a viernes en que hay clases, se reduce aún más el tiempo, alcanzando el trágico número de casi 7 denuncias al día solo en nuestra región.
Los datos los entregó la fiscal regional, Claudia Perivancich, presentando un cuadro de alta inseguridad escolar. Aseguró que entre los 14 y los 17 años existe discernimiento y, por lo tanto, responsabilidad penal ante los delitos cometidos.
El problema es muy grave porque por culpa de unos cuantos locos sueltos hay miles de alumnos que no pueden asistir a clases y que generan un ambiente de terror, ya sea por anuncios de tiroteos, bombas o incendios.
¿Dónde están los papás y las mamás?
La pregunta la venimos haciendo hace años, porque cada vez se complejiza más la vida de nuestros jóvenes y no hay explicaciones claras.
Los expertos, cuando son consultados, aseguran que se trata de una desconexión entre padres e hijos, donde adentro del hogar avanzan en forma divergente, cada uno para su lado, y no en forma convergente hacia una armonía en la vida familiar.
Los enemigos son la droga, el celular, la mala calle, los malos amigos, el vivir para adentro (tanto los papás como los hijos) por lo tanto, sin ningún tipo de diálogo productivo que permita corregir faltas, ausencias o pérdidas del control mental.
No se necesitan cifras para explicar la cantidad de trastornos sicológicos que sufren nuestros jóvenes, como tampoco la falta de asistencia en salud mental. Resulta muy difícil alcanzar ayudas en estos campos y solo están accesibles las atenciones privadas.
Hay muchos niños volviéndose locos y no nos damos cuenta, a no ser que Carabineros llegue a la casa con un joven esposado a controlar domicilio y tratar de hablar con los papás que no están. Ahí, recién, comienza la reflexión. ¿Qué llevó a mi hijo a gritar “tiroteo” por los altoparlantes del colegio? ¿Por qué se llevó la pistola, ¡y cargada!, en la mochila escolar? ¿De dónde sacó acelerantes para fabricar una bomba Molotov? ¿Por qué anda con un cuchillo?
Las preguntas son solo la punta del iceberg. Abajo hay un mundo por descubrir, hay una cantidad enorme de respuestas que podrán dar los jóvenes y los padres, pero el problema se sigue desarrollando y no hay quien lo pare.
En las universidades, tanto la Austral como en la Santa María, atacan a las ministras que van a dar clases de inauguración del año académico.
La violencia no se detiene. La falta de diálogo es escandalosa. Hay que apurar el paso en estos temas, antes que el incendio se salga de las salas de clases.