Tras cerca de seis años de trabajo y múltiples pruebas fallidas, logró sacar adelante el proyecto.
LIMACHE.- Hubo momentos en que Andrés González Parra miró el vehículo detenido en su taller y pensó que hasta ahí había llegado. La transmisión hacia los dos ejes traseros no funcionaba como esperaba, algunas piezas cedían ante la fuerza del motor y cada solución parecía abrir un problema nuevo. “Estuve varias veces a punto de desistir”, recuerda. Pero volvía a intentarlo.
Hoy, aquel rompecabezas mecánico tomó forma definitiva en un vehículo 6×6, con seis ruedas y tracción en sus tres ejes.
Construido artesanalmente en Limache, es el primero de este tipo desarrollado desde cero en el país. Su creación es el resultado de años de pruebas y modificaciones, en un proceso que su autor resume de manera simple: ensayo, error y volver a empezar.
Andrés González tiene 46 años y llegó desde San Felipe a Limache hace 16, junto a su esposa e hijo. “Nos quedamos acá y ya hicimos raíces”, cuenta. Su familia mantiene una empresa dedicada a la compra y venta de vehículos y repuestos, aunque su relación con los motores viene de mucho antes.
De niño acompañaba a su padre a talleres para reparar un automóvil antiguo y se quedaba mirando a los maestros mientras trabajaban. Ese interés terminó llevándolo primero al área de pintura y reparación y, años después, al mundo del 4×4.

Una Nissan D21 fue decisiva. Como muchos mecánicos evitaban intervenir ese tipo de vehículos por lo complejo del trabajo, Andrés comenzó a resolver por cuenta propia. Otros aficionados vieron la camioneta, preguntaron quién la había preparado y empezaron a llegar por recomendación.
Proyecto inédito
La idea del 6×6 nació viendo programas extranjeros. Quería saber si era posible hacer algo semejante en Chile con herramientas más limitadas y adaptando componentes disponibles en el mercado local.
La base fue una Daihatsu Rocky pick-up antigua. Después comenzó la mezcla: un motor Lexus V8 de 300 HP, piezas de distintas Toyota Hilux, cajas, diferenciales y componentes que nunca habían sido pensados para funcionar juntos.
“Es como armar un rompecabezas”, admite.
El trabajo estuvo lejos de ser fácil. Para alinear los tres ejes y evitar que los neumáticos chocaran entre sí, probaba el vehículo en zanjas cercanas, observaba dónde aparecía el problema y regresaba al taller. Lo mismo ocurrió con la suspensión y la transmisión.

La parte más compleja fue justamente llevar la fuerza hacia los dos ejes traseros. “Eso fue lo que más me costó. Ahí estuve varias veces a punto de dejar el proyecto”, explica.
También hubo un límite económico. Andrés avanzaba a medida que podía reunir dinero: compraba una pieza, resolvía una etapa y esperaba hasta tener recursos para continuar. Calcula que la inversión final bordeó los $47 millones.
Incluso cuando parecía terminado, el 6×6 siguió poniendo obstáculos. En una salida por Limachito, la fuerza del vehículo cortó parte de la transmisión y quedó detenido en el cerro. Hubo que volver al taller y reforzar soportes, dirección y otros componentes.
Dice que el vehículo terminó convirtiéndose casi en “su hijo”. No solo por el tiempo invertido, sino porque gran parte de la conversión la resolvió él mismo, mientras mantenía su trabajo y otros proyectos.
El resultado ya ha llamado la atención en encuentros de vehículos y en la Fiesta del Barro de San Esteban, donde muchos se acercaron a fotografiarlo y preguntar por su mecánica.
Andrés, sin embargo, no piensa convertirlo en una grúa ni en un negocio de rescate. Quiere seguir mejorándolo, recorrer rutas con su familia y amigos y, si alguien queda atrapado en el camino, tener una máquina capaz de ayudar.
Después de tantos años construyéndola, quizás esa sea la mejor forma de entender el proyecto: un vehículo hecho para superar obstáculos, igual que el proceso que permitió llevarlo hasta ahí.