Por Roberto Silva Bijit
Fundador de “El Observador”
OPINIÓN.- A sólo tres días de haber cerrado su último local comercial, la zapatería de calle O’Higgins al llegar a la plaza de Quillota, cerró también las puertas de su vida Joaquín Seidemann. No se habría entendido su vida sin un local comercial abierto.
Durante 71 años estuvo al frente primero de uno y después de varios locales comerciales, preocupado de hasta el último detalle. Quería que fuera como las tiendas modernas de Estados Unidos, brindar crédito para que las familias pudieran tener acceso a todo en cuotas y pudieran comprar las mejores marcas del país, como sólo lo podrían hacer en Santiago. Sus locales reflejaban su personalidad: siempre modernizándolos, con personal capacitado, con vitrinas muy bien presentadas, con publicidad estable en la última página de “El Observador” por cerca de 40 años.
Su papá le enseñó a trabajar, había comenzado como vendedor ambulante. Era característico verlo cobrar trasladándose en una victoria y deteniéndose en las casas donde vendía productos, especialmente ropa.
Su papá tuvo dos hijos. El otro hermano fue dentista. Joaquín no tuvo hijos, pero trabajó por muchos años con su sobrino Eduardo.

La esencia de Joaquín fue su pasión en todas las acciones que emprendió en su vida. Tuvo una intensa pasión por las mujeres, a las que amó en distintos momentos de su vida, hasta que finalmente se casó.
Tuvo una incansable pasión por agrandar sus negocios, por vender más ropa, más línea blanca, más muebles, más electrónica, más juguetes, más todo lo que una familia pudiera comprar de una sola vez en su tienda. Tuvo una ejemplar pasión como ciudadano de Quillota y La Calera, donde siempre se le vio hablando con los alcaldes y los dirigentes del comercio para buscar mayores atractivos para las comunas, queriendo hacer crecer y modernizar a las ciudades tanto como a sus tiendas.
Tuvo una pasión encendida por la hípica, donde fue dueño de caballos y dirigente del directorio del Hipódromo. Tuvo una pasión por viajar por el mundo y traer ideas para sus negocios y para las ciudades en que trabajó. Tuvo una pasión ejemplar por sus empleados, a los que ayudó en su formación, a los que les expresó su afecto y los que siempre, hasta el final, les cumplió con todas sus obligaciones.
Como judíos alemanes, era una familia que había logrado salir antes de la Segunda Guerra Mundial, escapando de la persecución nazi.
Construyó en la esquina de San Martín con Pudeto una hermosa casa, de gran diseño arquitectónico, que después fue demolida para el estacionamiento de la Iglesia Mormona que se la compró cuando Joaquín se fue a vivir al histórico Huerto California, en San Isidro, donde antes el norteamericano Roger Magdhal había subido por primera vez los paltos a los cerros. Ahí se puso empresario agrícola y lo volvió a hacer muy bien, como en todo lo que emprendía.
Llegó al Club de Deportes San Luis reclutado por Leopoldo Silva Reynoard, quién vio en él sus capacidades como dirigente. Joaquín estuvo casi 30 años participando en el directorio de los amarillos. En La Calera ingresó al Rotary Club, donde todos conocieron su amabilidad y don de buena persona. Llegó a ser presidente de la institución.
Ayudó a todas las instituciones de la zona, siempre, a lo largo de décadas. No había bingo ni rifa sin un regalo suyo para los premios. Personas que estaban en tratamientos médicos y hasta educación pagó a mucha gente. Fue generoso como una forma de agradecer lo que recibió de las familias de nuestra zona. En eso, tuvo también una inagotable pasión por agradecer.
Partió un grande, que bajó las cortinas de su vida junto con su último local. El apagó sus luces y se puso candado para cerrar un ciclo y viajar a la eternidad.