Por Roberto Silva Bijit
Fundador Diario “El Observador”
El tema nadie lo podrá evitar: los chilenos envejecen rápidamente, los jóvenes no tienen hijos (prefieren las mascotas) y los adultos mayores llegarán a ser el 32% del total de la población.
Viviremos una crisis laboral por falta de mano de obra, una crisis social por falta de atención médica y cuidados para los adultos mayores. Chile será otro en 25 años más.
En la última cuenta pública del Presidente Kast el tema sobre el envejecimiento acelerado fue abordado no directamente, sino a través de la familia, señalando que: “La caída en la natalidad y la soledad de tantos adultos mayores”, será un problema que habrá que abordar.
Lo que ocurre es que en las últimas décadas el país ha experimentado una complicada transformación demográfica, bajando en forma sostenida la natalidad y creciendo en forma acelerada el envejecimiento. Mientras todo eso está pasando, el Estado de Chile parece no darse cuenta de que debe implementar políticas públicas para enfrentar esta situación y la única preocupación que aflora es tratar de revisar el sistema previsional.
Los datos duros son que hacia el 2050, un tercio de la población de Chile tendrá más de 60 años. El 14% estará entre 0 y 14; el 54% entre 15 y 59 y el 32% entre 60 años y más.
En la Encuesta del Instituto Nacional de Estadísticas sobre Inclusión y Exclusión de Adultos Mayores, realizada en el año 2025, un 84% cree que como país estamos poco o nada preparados para enfrentar las necesidades de nuestra creciente población de personas mayores.
Por lo tanto, lo que viene es una mayor demanda de salud (cerca de un 35% de las consultas en emergencia en los hospitales de Chile son personas de tercera edad), una mayor necesidad de formar cuidadoras, una mayor atención para colaborar con los ancianos que tienen autonomía, un mejor servicio para los pacientes postrados, una asistencia sostenida a los que viven en profunda soledad y aislamiento, tanto por el abandono de sus hijos o su familia, como por situaciones de salud mental.
Faltan médicos geriatras y gerontólogos que contribuyan a adaptar la red de salud pública y privada para la atención de enfermedades crónicas, la multimorbilidad, las necesidades de rehabilitación y las atenciones médicas a personas mayores de 80 años, que comienzan a sufrir las mayores complicaciones de salud.
Las universidades han ido creando centros de estudios ya sea de la Familia o del Envejecimiento, con el fin de ir explicando esta compleja transición de nuestra sociedad, que nos llevará en un cuarto de siglo, a una situación que no sabemos si el Estado podrá asumir en plenitud para darle caminos de solución.
Tampoco se vislumbran políticas inmobiliarias que lleven al Estado o a particulares a construir barrios o viviendas especialmente diseñadas para personas mayores. La mayor parte de los accidentes ocurren en las propias casas, sin embargo, esa estadística no mueve la aguja en el tema inmobiliario. Bastaría con observar los peligros de una tina de baño para concluir que nuestros hogares no son acogedores para los abuelos.
Un tema significativo es la falta de organizaciones que trabajen con el tiempo libre de nuestros mayores, que tienen una renta para toda la vida (ya nadie los va a despedir) y tienen todo el tiempo del mundo. Si uno los mira bien son un atractivo económico para cualquier inversionista (aunque sus bajas pensiones son un escándalo).
Pero el tema de fondo es asistir con gratitud a todas esas personas mayores que hoy viven una complicada soledad, pero que fueron los que hicieron mejores las ciudades en que vivimos, amamos y trabajamos.
La inclusión de los adultos mayores debe ser implementada como una política de Estado.