Por Roberto Silva Bijit
Fundador Diario “El Observador”
Un experto en asuntos laborales comparaba la asistencia al trabajo con un viaje de un día. Mejor dicho, con una travesía, que comenzaba al salir de la casa y terminaba cuando se vuelve al hogar.
Cada día puede ser diferente, cada día se pueden aprender muchas cosas nuevas en ese interesante viaje. Cada día se avanza con muchas otras personas, que son los compañeros y compañeras de trabajo.
Mañana celebramos el Día del Trabajo y me parece que tiene valor ese pensamiento, que transforma la jornada de un día, en una travesía de un día.
La idea es pasarlo bien en el lugar de trabajo, para lo cual se necesita una disposición especial desde el inicio del día. Salgo contento a encontrarme con una actividad que conozco, a juntarme con gente que comparto todos los días, a escuchar a otras personas que llegan hasta mi trabajo, a construir algo importante con mi aporte desde el interior de una organización.
Uno puede ser muy feliz en el trabajo y sentir que está haciendo lo que le gusta, o bien, uno puede sufrir amargamente levantarse cada mañana para ir a trabajar, para toparse con personas que no le gustan, para tener que atender a gente que no se conoce, para cansarse y agotarse del desgano, de la incomodidad, del aburrimiento.
Las personas que trabajan y están contentas con lo que hacen pueden ser muy felices, en tanto, a quienes no les gusta lo que hacen, sufren todo tipo de problemas. Cambiar de actitud puede ser cambiar el sentido de la vida y transformar una cara agria en una cara alegre.
Muchas veces uno escucha decir que la gente debe pasar más tiempo con sus compañeros de trabajo que con sus hijos, lo cual es cierto, pero esa situación, lejos de complicar a una persona, debiera hacerle entender que se puede transformar esa obligación de compartir, por una alegría de estar juntos con respeto, sin hablar mal de quienes trabajan con uno, respetando las diferencias, estableciendo lazos de afecto, más que murallas de desencuentro.
La diferencia es lo que hace también las diferencias entre las personas. Entre los que pueden ser felices trabajando y los que se enferman de amargura.
Cuando uno conoce las consecuencias terribles que causa la cruel cesantía en una persona y en una familia, puede comenzar a valorar tener un trabajo, no solamente como sustento económico, sino como una actividad que nos permitirá sentirnos útiles, sentirnos bien, sabernos parte de estar construyendo un país con lo que hacemos.
Hay personas que encuentran amigos para siempre en el trabajo, así como hay otras personas que encuentran el amor de su vida. Es la consecuencia de pasar más tiempo con ellos que con la familia y eso va generando una relación que puede ser cada vez fuerte.
A pesar de la instalación del teletrabajo en nuestras vidas, todavía se puede decir que estamos juntos haciendo una tarea común y cada uno es importante en lo que hace.
El secreto está en transformar el trabajo en una travesía. Lo invito a que lo piense de nuevo. A que se instale en la ventana de la vida y desde que se levanta, comience a mirar por ella como van pasando las cosas del día. El desayuno, los colores de la mañana, lo que observamos durante el viaje, los saludos al llegar al sitio de trabajo, las conversaciones con los que ayer pasamos ocho o nueve horas diarias, la realización de lo que voy haciendo a medida que pasan las horas, los momentos de colación conversada, lo que queda del día y la partida hacia la casa.
Una vez en la casa hay que saber bajar la cortina y dejar el trabajo en la oficina, para abrir la última etapa del día entre los seres más queridos, donde la acogida será diferente. Ya no se viaja en la casa, uno llega al puerto seguro desde donde se puede volver a zarpar al día siguiente.
El trabajo debe ser parte de nuestra felicidad. Páselo bien en su travesía de cada día, compartiendo con alegría con sus compañeros y verá cómo le cambia la vida.