La muerte de Doralisa

Publicado el at 11:58 am
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En una casa de la antigua calle Condell transcurrieron los siete años de la infancia quillotana de Hernán Miranda. Parecieron ser los suficientes para que el niño forjara su alma de poeta. Su vertiente ha persistido y no lo ha abandonado nunca. Sostiene -como el vate italiano Cesare Pavese- que el gran alimento de la literatura son los mitos y que la gran época creadora de ellos es la niñez.

Miguel Núñez Mercado
Reportero

Ese es el tramo vital que el poeta Hernán Miranda vivió en Quillota, junto a los rieles ferroviarios que se estiraban frente a su casa y donde las muchachas buscaban la muerte como si sus carnes destrozadas por algún convoy les pudieran aliviar las penas y las desilusiones de la vida. Esta joven, para el poeta -pese a sus cortos años- tenía un nombre. Ella, que quizás no se llamaba como la llamó en el poema, le inspiró uno de sus más hermosos poemas: “Doralisa se lanzó bajo el tren de las 14”.

“Yo sé que tú eres la misma de hace 20 años, Doralisa, / y que nada ha cambiado para ti, para nosotros, / que habías de eternizar tu juventud y mi niñez / en ese día y esa hora -las 14. / Esparcida sobre lucientes rieles te recuerdo, Doralisa, / derramada entre dedales de oro en flor/ (Fue en primavera ¿no es cierto, Doralisa?) / y qué blanco tu cuerpo, qué blanca, Doralisa, / y tu cabellera negra enrollándose y desenrollándose al viento entre las yerbas./ Y tu cuerpo, Doralisa, / desperdigado sin orden ni sentido / como si hubieras querido hacer de ti misma un enigma/ que nadie pudiera descifrar debidamente…”.

En una nota de prensa, Hernán Miranda trató de explicar este hecho brutal, que vivió como niño, y que generaron el hermoso poema. “Yo almorzaba con mi familia. Debo haber tenido uno cinco o seis años. Se escuchó un intempestivo frenazo del tren. Para quienes vivíamos cerca de las vías férreas o la estación eran aviso de un suicidio. Además, por esos años, creo que ocurrían bastante seguidos. De estas experiencias, vividas en Quillota, y transformada en mis recuerdos, ha surgido gran parte de mi obra literaria”.

Aunque el poeta Hernán Miranda trata de recobrar a Doralisa en el poema, al final se da cuenta que desarrolla una labor imposible, como es rearmar un recuerdo: “… eres para mí un recuerdo despedazado / que debo empezar a armar pacientemente / -un ojo junto a otro ojo, / una pierna y la otra juntamente / y tus senos y tus manos y tu cabellera sobre todo / y tus pies desnudos sobre la tierra./ Y yo te armo, Doralisa, compongo tu figura / y me llegas intacta a la memoria. / Y enseguida te desarmo, te deposito en tierra, / te disperso, / porque tú eres un recuerdo que vive en mí, Doralisa, / y que no me pertenece”.

Sin embargo, no sólo éste es el recuerdo que el poeta (y periodista) Hernán Miranda tiene de Quillota y que se manifiesta, mayormente, en el poemario “Arte de Vaticinar” (1970): “Hay un sola Quillota en el mundo. Aún yo vivo en ella, recojo tapas de bebidas que pongo sobre los rieles, colecciono boletos de trenes, escribo poemas que describen los mitos de mi infancia y todavía creo que cuando pase el tren de las 14 se va a suicidar frente a mi casa una muchacha enferma de tristeza”.

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