Por Roberto Silva Bijit
Fundador Diario “El Observador”
Un viejo amigo periodista me contaba con asombro lo que vio en el Congreso, tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado.
Dijo que hacía varios años que no iba, pero encontró todo cambiado, todo muy distinto a lo que vio en otros tiempos.
Lo que más le llamó la atención es que la mayoría de los parlamentarios se grababan hablando y gesticulando. Unos se grababan a sí mismos, estirando el brazo con el celular, y otros, tenían un secretario camarógrafo que lo grababa. Cuenta que, en un momento, en un pasillo, un diputado estaba a punto de comenzar a grabar, cuando se le acercó una señorita y empezó a empolvarle la cara, a arreglarle el pelo, a ajustarle el nudo de la corbata. ¡Lo estaban maquillando en el mismísimo pasillo! Y dice que el diputado ponía caras y que se movía para que lo terminaran de peinar. De pronto ella saca un espejo, él se mira, sonríe y espera el comienzo de la grabación. Todo rápido. Todo en forma simultánea. Todo en vivo. Incluso vio una diputada muy maquillada que se grababa mientras la secretaria la alumbraba con un foco. Era un set de artistas, no un espacio de discusión legislativa por parte de los políticos.
Observando con más detalle, mi amigo pudo comprobar que se graban en la sala (mientras están discutiendo alguna ley), en el café, en los pasillos, en el comedor y en sus oficinas. Todos son espacios de grabación. Todo el Congreso es un gran set.
Ni hablar de los puntos de prensa, en que se juntan tres o cuatro y uno habla mientras los demás asienten con la cabeza o miran con cara de complicados. “Es bien patético”, dice que le dijo un colega de un medio radial.
Dice que se autograban videos cortos para redes sociales, convencidos que mejorarán su percepción ante la opinión pública. Todos andan vestidos como si fueran a un espectáculo, animados para grabar como si fuera un documental de la BBC de Londres.
Para mi amigo, sin embargo, lo más complejo de todo fue el tono de las declaraciones que ellos se hacen a sí mismos para después difundirlas.
Todos enojados, todos en tono confrontacional, nadie hablando tranquilo ni haciendo ningún tipo de reflexión. Odiando, denunciando, reclamando, enjuiciando, quejándose, tal como los vemos en la tele o los escuchamos en la radio.
Una novedad que ya no es tan novedad es atacar a los de su propio sector o descalificar rotundamente a los adversarios. Unos diputados de izquierda le dijeron a la presidenta de su propio partido que estaba coludida con el gobierno, que estaba negociando, como si la política no se tratara acaso de negociar del mejor modo, alcanzar acuerdos, pensar en grande por el bien del país y no por mezquindades personales. La respuesta de la jefa del partido fue decirles que todo lo que decían era falso. O sea, mentirosos. Los ataques entre los distintos partidos de derecha han caído en el ridículo, se dicen cosas para desprestigiarlos, no dándose cuenta que están desprestigiando a la política. Un Honorable Senador de la República de Chile le contestó a gente de su sector que la propuesta que estaban haciendo era “rasca”. No tuvo un argumento sólido en una discusión técnica.
No hace mucho hubo un conflicto que llegó a la justicia y que, por supuesto, quedó en nada. Un diputado le dijo a otro que era un corrupto. El agredido le contestó: “No, el corrupto eres tú”. Los juicios por injurias que ambos se hicieron quedaron en nada. No pudimos saber quién era el corrupto, o si en realidad, los dos eran corruptos.
Es la política performática, hecha para los demás, no para construir un país mejor, sino para intentar actuar como artista en un show y gritar, gesticular y condenar, sin piedad y sin ninguna trascendencia.
Tiene razón la gente cuando los ubica en el último lugar en las encuestas de confiabilidad. Ellos son a los que menos les creen.
*Imagen Redes Sociales.